jueves , septiembre 21 2017
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¿Qué sentido anti-mayoría es ese que predomina cuando pensamos en economía?

 

Puede decirse que la teoría económica y la política económica hegemónica se caracterizan y promueven un sentido anti-mayoría que conduce el pensamiento y la acción de la economía, en sociedades enteras: esto va de la toma de decisiones de ciudadanos al invertir o ahorrar a la naturaleza de la enseñanza de la economía en escuelas o universidades; de las formas de escribir y preguntar de periodistas sobre lo económico a los criterios de investigación y medición de estos asuntos por parte de especialistas, entre otros fenómenos más. Con esta afirmación, no hablo específicamente del caso venezolano ni de la economía global en particular (aunque no escapen de ella); pues se trata, más bien, de algo que trasciende situaciones geográficas y se ubica en el modo de pensamiento del presente: es decir, a lo que somos fuertemente convocados a pensar y actuar en el tiempo que nos ha tocado vivir. Algo que en términos de una metáfora, puede verse así: si la economía fuese un río, el sentido “anti-mayoría” sería su corriente y en ese paisaje encontraríamos a los que son movidos, llevados, rápidamente, en esa dirección, como a los que reman en la vía opuesta.

Con esto en perspectiva, hay expresiones de este sentido/corriente que llamamos “anti-mayoría” que representan verdaderos peligros a la vida en democracia, las cuales son constantemente reproducidas de forma natural, no sólo en trabajos sobre la economía visibles y destacados, sino en las prácticas de pensamiento económico de “nuestra clase” o en el modo como razonamos sobre esto en el cotidiano.

Una de esas expresiones proviene de un antiguo valor aristocrático y es una importante legitimadora de desigualdad: la meritocracia. Sabemos que la aristocracia se trata de un modelo de organización basado en el acceso al poder y la riqueza de “nobles” que lo son por derecho hereditario. Es decir, de personas que por nacer en el seno de la nobleza, gozan de privilegios políticos y económicos que otras tienen negados o limitados porque no son descendientes de familias acomodadas en ese sistema. Hoy se dice que vivimos un “aristocracismo económico” o una “aristocracia del dinero”, que sitúa el mérito como un “deber” a ser cumplido de forma individual y por la vía de emprendimientos económicos (sobre todo, vinculados a la creación de deuda/al endeudamiento de otros: personas o países), que determinará los movimientos en la escala social. O sea, un mejor o peor lugar en la sociedad.

Esto se traduciría en el sentido común cristalizado en que para tener éxito habrá que ir tras el dinero haciendo todo lo posible por obtenerlo. No obstante, al lado de esta máxima bien posicionada de la racionalidad del capital se esconde el hecho que, existe un sector que tiene amplias ventajas a la hora de conseguir el éxito económico por ser parte de familias que componen el 1% más rico de la población mundial que acumula más riqueza que el 99% restante. Una minoría que utiliza el poder y los privilegios para manipular el sistema económico y genera desigualdad. Sobre esta, la organización Oxfam Internacional (2016), ha observado que en el año 2015, 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones. Y, particularmente, en América Latina, apenas 32 personas, concentraban tanta riqueza como la mitad más pobre de la región: 300 millones de personas.

También, la agencia ha dicho que “quienes defienden el statu quo afirman que la preocupación por tal desigualdad está impulsada por una “política de la envidia””, una denuncia que no pone sobre el tablero que “hoy en día, las disparidades de ingresos y riqueza se han vuelto tan extremas y arraigadas que atraviesan generaciones: [lo que significa que] la riqueza familiar y la herencia tienen un impacto mucho mayor en las perspectivas económicas personales que el talento y el trabajo duro” (OXFAM, 2016).

Por su parte, el economista indio Kaushik Basu hablando de esta desigualdad en el marco de políticas fiscales, alerta que “a menudo las personas más ricas pueden aprovechar lagunas y deducciones que no están disponibles para aquellos que ganan menos. Sin tener que romper ninguna regla, los ricos reciben lo que equivale a subsidios: dineros que tendrían un impacto mucho mayor si se asignara a las personas más pobres”.

Así entonces, será válido problematizar cuando se juzgan los éxitos de empresarios y poderosos o se les da una voz autorizada per se en la construcción de las políticas económicas, si tales méritos son producto de cualidades personales y talentos excepcionales o de concentraciones de ventajas que se refuerzan a sí mismas. Pero también, más allá de eso, será válido problematizar desde una perspectiva ética la significación propia del éxito o los méritos atribuidos a un grupo social según sea la medida de la acumulación de su riqueza y lo que esto implica, para la vida social en democracia.

De acuerdo al pensamiento económico anti-mayoría, riqueza puede entenderse igual al resultado de agentes individuales acumulando dinero. A diferencia de otras miradas más enfocadas sobre la democracia económica, que identifican la riqueza como “la suma de los problemas que una sociedad ha logrado resolver para sus ciudadanos”. Lectura que representa la riqueza no como un atributo individual, sino colectivo. Es tal, si es de la sociedad.

En esta perspectiva, si la democracia es el gobierno de las mayorías, ésta será si ellas     -las mayorías- son libres de entrar y desenvolverse en el medio de oportunidades que permiten la creación de riquezas y bienestar. Esto es algo democrático de la economía y, claro, un rasgo enteramente político: la plena existencia de los muchos con “arte y parte” para crear soluciones, bienes, beneficios de tipo común.

Frente al momento constituyente que vivimos en el país, muchos son los desafíos que se han visibilizado, siendo, tal vez, uno que no es menor aquel que toca propiamente a la constitución ética del sujeto y el pensamiento que corresponde a la democracia económica [que deseamos] por venir. Un desafío que exige reconceptualizar las ideas de crecimiento, progreso, felicidad, igualdad y libertad al calor de un debate de mayorías.

 

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Referencias

Basu, K. (2017) El reto de la desigualdad global.

Informe Oxfam. (2016) Una economía al servicio del 1%. Informe Anual.

 

INDIRA C. GRANDA

Plataforma Economía Por Venir

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