miércoles , septiembre 20 2017
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Palabras para un Caribe atormentado

ILUSTRACIÓN CARLOS ARCINIEGAS

@davidgomez_rp

A éstas alturas la gente del Caribe tiene más mar dentro que fuera, le brota por los ojos cada cierto tiempo un agua salada y para colmo la misma agua también le cae del cielo y llena las calles y se mete en las casas e inunda bocas, cuellos y manos. El agua ahoga hasta el propio mar que observa a las infancias bamboleándose en la costa como palmeras de coco. En el Caribe existe un África húmeda, llena de sal y de sol, donde hay más peces que arena y más arena que esperanza. Me pregunto ¿Qué tendrá el Caribe sobre el cabello que le vienen los vientos a alborotar el alma?

Lluvia en las islas

 

Se ampara en la umbría, solloza

las rocas, alhaja los lagartos

y cae sube y cae

en el eco del bambú

y no hay manera de saber

lo que es selva

y lo que es agua.

 

Saltan por los aires

las superficies en el Caribe

trepan por las terrazas de la luz

y se llevan lejos sus países

clamando en los huracanes.

 

En ese diluvio

la única cueva del hombre es su animal

mirando como desmemoria

las viejas casas de madera,

como enluta el mar

y alboroza los cementerios

mientras el relámpago

decapita al mundo

y alza el trueno

su temeraria cabeza.

 

Cuando escampa, la lluvia

se va por ahí

con sus patitas de crespín

y la isla vuelve a ser lo que era:

no la lluvia

sino el espíritu de la lluvia;

no el mar:

el pensamiento del mar

y la tentación de la tierra

 

Decimos «tragedia» y nos convocan a leer los escritos de Esquilo, Sófocles y Eurípides; decimos diluvio y nos llaman a construir un arca como la de Noé, pero no nos hace falta la mitología occidental para sentir la tragedia en los huesos cuando el diluvio se acerca. Al Caribe se le eriza la piel cuando llueve y todo el teatro del mundo debería escribir odas a ese instante tan humano y así sentir un poco el dolor de morir bajo el agua o sobre una tierra que cruje entre los mismos barcos negreros de hace 500 años ¿Seguiremos pensando en el teatro griego mientras el drama real anda flotando frente a nuestros ojos?

Yo apuesto porque los poemas se conviertan en barcas, en millones de dólares para las reconstrucciones, en médicos que vayan provistos de batas blancas, medicinas y flotadores. Que devuelvan las perlas los españoles, los holandeses y los ingleses. Que a EEUU no se ocurra enviar ni a un soldado, sino a gente amiga con velas en las manos, que sean refugio y que acompañen, así sea para rezar a los que han muerto, que ahuyenten la oscuridad con un chasquido de luz, como un faro… porque vale más un instante fuego que una vida en la penumbra.

Barcas en la oscuridad

 

A mirad del aire,

alumbradas por su soledad

como las ánimas,

levitan

en lo oscuro

las barcas blancas.

 

Danzan

en ese limbo

unas

en los sargazos de la luz

otras

en el insomnio del agua.

 

No queda ni rastro de la aldea ni del mar

sólo la noche

y el tacto fantasma

de estas plumas de la luna

que han apagado el mundo

con el ala temible

de un estado de gracia

 

Nada es casual, hace una semana una amiga periodista, Adriana Arias, me regaló un hermoso libro de Leopoldo Castilla, llamado «Viento Caribe» y me fui entre poemas a navegar un misterio hermoso, con una voz que es como un bramido o la espuma que desaparece en la orilla. Repito, nada es casual, por eso en este articulo/sollozo se exponen los poemas de ese libro como una acción solidaria y como un llamado de atención a los que sentimos el Caribe hasta en los ojos y en la palma de los pies. Hay que hacer algo, porque por ejemplo, hoy Antigua y Barbuda está hasta la garganta de agua y el Primer Ministro de ese país decreta que la isla «No está apta para la vida» y uno se queda pensando en la Atlántida y en esas mujeres con aletas. Pero la gente es tan necia como Oscar López Rivera y sigue viviendo y mira a la tormenta buscándole la caída, el talón de Aquiles, como quien mira a un gigante tuerto.

Al final, el ojo del huracán observa las tristezas del mundo y llora ¡Y es tan terrible el llanto que lo único que provoca es llanto! ¡Entonces, que vengan las madres del mundo a calmar este dolor, que vengan las mujeres y los hombres a secar la tierra que se ahoga!

Ellas

Las mujeres alzaran a Haití

a la dignidad

con la que llevan en la cabeza un cántaro;

la que cocina con el fuego de sus despojos;

la anciana que pasa

                              azulando la tarde

                                              en su caballo;

la que pide perdón por vender sólo una guanábana;

la que lava la ropa de sus difuntos en el río

hasta dejarla sin pasado.

 

Y también esas dos niñas

que bailan porque sí

en la carretera

y resucitan la república

como a un campo despertándose

                                      por los pasos de un pájaro.

 

Las mujeres cicatrizarán la tierra

la alumbraran de nuevo

con los medanales de su clemencia

con las lunas en pena

                          que tienen dentro.

 

A ver si el terremoto

puede más que su quebranto.

 

El resto lo harán los hombres.

Lo de ojos corajudos.

                            Silencioso

                            el machete

                            y el grito,

                            desenvainado

 

POR DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ 

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