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Rousseau como excusa para la violencia: ¿guarimba liberal?

POR DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ

@DAVIDGOMEZ_RP

Democracia y dialéctica. ¡No, mi pana! no son dañinas las posiciones encontradas, podemos decir incluso que son fundamentales en una sociedad democrática. Los partidos constituyen de esta manera una forma de manifestar esas posiciones y los ciudadanos tienen el deber y el derecho de debatirlas en pro del bienestar y el desarrollo humano de la nación, inclusive podemos decir –desde la concepción liberal-burguesa– que también es en pro de la salud del Estado. Lamentablemente algunos confunden el debate con una pelea de perros y terminan como Leopoldo López, contagiado de rabia.

La dialéctica, por ejemplo, es un concepto de carácter filosófico que intenta explicar tal fenómeno frente a la realidad, Carlos Marx da un paso más allá y lo lleva al terreno de las ciencias sociales al vincularlo a la lucha de clases, es así que el materialismo histórico y dialéctico nos sirve como lente y como método para comprender la sociedad, sus sistemas económicos, sus contradicciones históricas y los modos en que podemos transformarla ejerciendo el poder de las mayorías ¡amén!

Ese poder estuvo por mucho tiempo –y sigue estándolo– sumido bajo el yugo del Estado como ente catalizador de las fuerzas de las clases en beneficio de la burguesía. Ella garantizó las condiciones políticas para que tanto las leyes como la fuerza represiva del Estado estuviesen bajo la dirección hegemónica de su casta. Por mucho tiempo las revoluciones se plantearon la toma del poder a través de la violencia directa contra el Estado y sus “dueños”, logrando constituir en el mundo gobiernos en los que se instauró la llamada dictadura del proletariado, el caso emblemático es el de la URSS. Por diferentes causas, algunas relacionadas con el propio funcionamiento del Estado, tales conquistas se derrumbaron a fuerza de conspiraciones y contradicciones que no encontraron mecanismos resolutivos. Quizá en algún punto faltó ejercicio de democracia –pero es un tema para otro artículo–.

Poder y democracia en el siglo XXI. Llegó el nuevo siglo y el nuevo milenio de sopetón. El siglo XX quedó desgastado en toda su convulsión: quedó una crisis estructural del sistema e inició un cambio de paradigma en el mundo que comenzaba a ver los resultados –positivos y negativos– de la globalización, a la que Atilio Borón concibe como una máscara más del imperialismo ¡ojo!

Cambiaron tanto las cosas que cuando todo el mundo daba por aceptada las tesis del fin de la historia, en Latinoamérica surgió la primera revolución del milenio y Chávez se hizo más que en un presidente el abanderado del Socialismo del Siglo XXI, una influencia política, moral y económica para toda la región y sobretodo el símbolo de un nuevo paradigma de democracia que recorre el mundo. Recordemos que lo primero que hizo el presidente Chávez fue refundar la República a través de un proceso constituyente sin precedentes. Se inició un proceso donde el pueblo configuró el Estado a la medida de sus intereses y comenzó a ejercer el poder de manera protagónica y participativa, es el Poder Popular. Tal proceso lo relatan los españoles Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria en su libro “Pensar Venezuela, comprender la democracia” –es necesario advertir que sus planteamientos pueden causar nauseas a marxistas ortodoxos–.

Entonces, la “superación” (aún no sabemos si definitiva) del concepto de violencia revolucionaria como método supremo de lucha está a la vuelta de la esquina, pues ahora podemos aspirar al control obrero y a la construcción del Estado comunal desde la democracia participativa y protagónica, sobre todo si lo ligamos al concepto gramsciano de hegemonía –bastaría leer algunos textos de García Linera para entenderlo mejor–.

 

No hay problema con el problema, tanto es así que Juan Carlos Monedero afirma que “la democracia no es un consenso sino, muy al contrario, un producto del conflicto”. La cuestión es cómo damos solución a esos conflictos y cuáles son los mecanismos que el Estado y la sociedad aplican para encontrar vías que les permitan avanzar, he ahí la utilidad de la democracia. No es una democracia para votar por personalidades, es una democracia para decidir colectivamente, solucionar conflictos y poder progresar en la construcción de un proyecto político que garantice el desarrollo humano. A los guarimberos les es muy difícil entender esto, pues a pesar de que usan a Rousseau como excusa para la violencia nunca se han leído el “Contrato social”, por eso Lenin canta mientras los perdedores hacen berrinche.

La derecha no entiende el concepto de democracia pues es contrario a su naturaleza, cuando ellos tuvieron el poder hegemónico golpearon tanto al concepto que lograron convertirlo en una suerte de reality Show que disfrazaba una sofisticada forma de dictadura, donde las mayorías nunca fueron las ganadoras. Basta con ver el resultado de más de 40 años de democracia representativa, no sólo en Venezuela sino en la mayoría de los países subdesarrollados a los que aplicaron paquetes que moldeaban sus sistemas políticos al modelo neoliberal, donde acta mataba voto y trasnacional compraba elecciones, porque siempre han sido tanto guarimberos como bachaqueros.

La piromanía y el hilo constitucional. La piromanía es, según la RAE, la “tendencia patológica a la provocación de incendios”; no obstante, la lógica de algunos líderes de la oposición venezolana indica que mientras más cauchos se quemen más cerca estaremos de retomar el “hilo constitucional”. Según parece, para ellos hay una relación entre el fuego y la democracia, es algo primitivo y aborrecible. Su fuego es “descargar la arrechera” y lo dicen con descaro personajes como Juan Requesens al publicar cosas como: “trancando la calle y convocando a defender la democracia…”. Me pregunto, ¿Desde cuándo hacer guarimbas con el fin de desestabilizar y causar terror en la población es defender la democracia?

En la última parte de este artículo creo pertinente recomendarles una célebre película de Jean-Jacques Annaud llamada “la guerra del fuego” (1981) donde se desarrolla la historia de dos neandertales que viajan buscando una pequeña llama que devuelva el calor y el desarrollo a su tribu ¡Es loable su acción y su aprendizaje! Tristemente los guarimberos lejos están de proporcionar calor y desarrollo al país, y en su viaje en vez de aprender, parecen ir involucionando, a este paso es posible que pronto los veamos llenos de pelo comiéndose los piojos unos a otros junto a un caucho encendido y una antorcha ¡imagínense a Borges en ese paisaje!

Para despedirme no me queda más que desearle –a ellos– por el bien de nuestra gente, que un día descubran en su bruta condición la poesía de Gustavo Pereira, de Víctor Valera Mora y de Luis Alberto Crespo y se iluminen hasta el fondo y puedan entender el concepto poético del ardimiento del que habló Chávez con Fidel. Sabrán entonces qué es la Patria.

 

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