POR VÍCTOR DURAN SALAS Y DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ
Confesión de un joven burgués
Lo primero que me molestó ese día de mi madre, fue su comportamiento deficiente en educación y agradecimiento. Hace tiempo que me disgusta su antipatía, pero me colmó lo desagradable que era en el momento en que me di cuenta que no le dio las gracias a Julián, nuestro Mozo (llamémoslo así porque otros términos como sirvientes o criados me resultan aún más peyorativos) cuando le sirvió el desayuno; comprendí que nunca lo hacía. Mi mamá suele llamarlos (a Julián y otros empleados de la casa) criados; sin embargo, a fin de cuentas, yo, por el hecho de ser adoptado, no soy más que un criado. Es lógico, no he sido parido por esta señora con quien vivo, estoy siendo criado por mis padres adoptivos, quienes piensan que son los más grandes expertos en instrucción y disciplina, pero como podrán ustedes ver, tengo algunas quejas sobre su método de “buena crianza”. Mi madre no solo era malagradecida y maleducada con los trabajadores, también se le olvidaba darnos las gracias a los otros miembros de la familia; cuando le pasábamos los condimentos, por ejemplo. También omitía otras palabras de buenos modales, fuera y dentro de la mesa. Además me irritaba lo patéticamente ignorante que era; afortunadamente no fue una mujer que tuvo que pasar trabajo, lo lamentable era que desperdiciaba su tiempo libre en oficios superficiales. Menciono su ignorancia por no haber reconocido la música de La favola d’Orfeo de Monteverdi que había puesto justo antes de la hora de la cena de aquella noche en que la maté. Entró a la sala del comedor con su elegancia barata y preguntó de la manera más chabacana: “¿Eso que suena es de Giuseppe Verdi?” ¡Habrase visto semejante barbaridad! Obviamente, me aborrecía tener que explicarle quién es quién. No se alarmen al leer que la maté, un ser tan diminuto como aquel no le hace falta a nadie en el mundo, el cual para nosotros es tan inmenso pero para el universo no es más que un diminuto granito.
Tampoco vayan ustedes a alarmarse, ni mucho menos se sorprendan, al saber que no es mi primer asesinato, ya anteriormente había asesinado a mi padre. Envenené su vino en un sincronizado descuido de todos porque debía morir por su gran bocota; siempre quería tener la razón de todo, no me dejaba en paz diciéndome lo que tenía que hacer; y como sabrán, yo soy un muchacho muy educado y bien portado como para que vengan a escudriñar mi paciencia como si yo me la pasara haciendo o diciendo cosas incorrectas; siendo él, el personaje más bruto, cerrado y equivocado que teníamos en la casa; siempre gritando refuerzos negativos. Todos lo vimos morir. Empezó con una tos paulatina en repetición y fuerza, continuado por un jadeo como si recién llegara de un maratón, luego expulsó un vómito, lo vimos pararse, retorcerse y caer. Murió tirado ahí en la alfombra persa rodeado por su (asesino) hijo, su mujer y los empleados encargados de la cocina. Podría jurar que mi Madre tenía una suerte de sonrisa. A mi madre le hundí una almohada en la cara cuando entré descalzo a su habitación; sus defensas no fueron suficientes como para evitar su muerte. Luego de matarla lo siguiente que hice fue escribir en mi diario: “Mientras dormía, insensible como solía ser, se asfixió con su propia ignorancia”.
Ahora, la casa está más tranquila, tengo la herencia de mis padres, suficiente como para mantener a la mayoría de mis empleados por mucho más tiempo, a quienes más les da placer susodicho par de asesinatos; con ellos no tendré problemas porque se limitan a hacer su trabajo, son plebeyos pero respetuosos. Por fin podré leer, disfrutar de una buena comida y oír música en paz.
V.D.S.
La zombi
No te maches el pelo
con ese tinte de esquina,
no te manches con nada,
no te quites la máscara,
no estornudes el gas
quédate horrible, pálida,
llorando con esa piedra en la mano.
Posa, no estás sola,
vinieron los zombis
como en La Purga
a quemar la clínica de los perros.
Los muertos tienen derechos:
voluntad popular, misa
y su carne siempre le sirve a la tierra.
No te manches, ni recules,
después de todo, ya te quedaste
con esa banderita sin estrellas,
a escala de grises, dando vueltas
como un trompo sin fuerzas
y no sabes ni quién eres
bajo esos trapos que te cubren
el rostro.
Tan bonita que te ves, pero…
Te pareces a las flores de venus,
a las piedras que llaman Agata,
a las vitrinas del mall
con sus luces trepidantes
y su melodía de tono de espera,
te pareces al hueso del ocaso,
al cancionero azul de Borges,
a la sangre azul y hasta crees estar
Behind Blue Eyes al ritmo de Limp Bizkit
mientras te olvidan los que te juraron amor.
Te pareces al maniquí de Zara,
a las perlas, pero te falta corazón,
porque no te he visto nunca parecerte
a una bandera, ni a los colores
mucho menos a una sola de las estrellas
ni al país que las ve ondeando los ojos.
D.G.R.
CiudadBqto ¡Na' Guará!