
@davidgomez_rp
A éstas alturas la gente del Caribe tiene más mar dentro que fuera, le brota por los ojos cada cierto tiempo un agua salada y para colmo la misma agua también le cae del cielo y llena las calles y se mete en las casas e inunda bocas, cuellos y manos. El agua ahoga hasta el propio mar que observa a las infancias bamboleándose en la costa como palmeras de coco. En el Caribe existe un África húmeda, llena de sal y de sol, donde hay más peces que arena y más arena que esperanza. Me pregunto ¿Qué tendrá el Caribe sobre el cabello que le vienen los vientos a alborotar el alma?
Lluvia en las islas
Se ampara en la umbría, solloza
las rocas, alhaja los lagartos
y cae sube y cae
en el eco del bambú
y no hay manera de saber
lo que es selva
y lo que es agua.
Saltan por los aires
las superficies en el Caribe
trepan por las terrazas de la luz
y se llevan lejos sus países
clamando en los huracanes.
En ese diluvio
la única cueva del hombre es su animal
mirando como desmemoria
las viejas casas de madera,
como enluta el mar
y alboroza los cementerios
mientras el relámpago
decapita al mundo
y alza el trueno
su temeraria cabeza.
Cuando escampa, la lluvia
se va por ahí
con sus patitas de crespín
y la isla vuelve a ser lo que era:
no la lluvia
sino el espíritu de la lluvia;
no el mar:
el pensamiento del mar
y la tentación de la tierra
Decimos «tragedia» y nos convocan a leer los escritos de Esquilo, Sófocles y Eurípides; decimos diluvio y nos llaman a construir un arca como la de Noé, pero no nos hace falta la mitología occidental para sentir la tragedia en los huesos cuando el diluvio se acerca. Al Caribe se le eriza la piel cuando llueve y todo el teatro del mundo debería escribir odas a ese instante tan humano y así sentir un poco el dolor de morir bajo el agua o sobre una tierra que cruje entre los mismos barcos negreros de hace 500 años ¿Seguiremos pensando en el teatro griego mientras el drama real anda flotando frente a nuestros ojos?
Yo apuesto porque los poemas se conviertan en barcas, en millones de dólares para las reconstrucciones, en médicos que vayan provistos de batas blancas, medicinas y flotadores. Que devuelvan las perlas los españoles, los holandeses y los ingleses. Que a EEUU no se ocurra enviar ni a un soldado, sino a gente amiga con velas en las manos, que sean refugio y que acompañen, así sea para rezar a los que han muerto, que ahuyenten la oscuridad con un chasquido de luz, como un faro… porque vale más un instante fuego que una vida en la penumbra.
Barcas en la oscuridad
A mirad del aire,
alumbradas por su soledad
como las ánimas,
levitan
en lo oscuro
las barcas blancas.
Danzan
en ese limbo
unas
en los sargazos de la luz
otras
en el insomnio del agua.
No queda ni rastro de la aldea ni del mar
sólo la noche
y el tacto fantasma
de estas plumas de la luna
que han apagado el mundo
con el ala temible
de un estado de gracia
Nada es casual, hace una semana una amiga periodista, Adriana Arias, me regaló un hermoso libro de Leopoldo Castilla, llamado «Viento Caribe» y me fui entre poemas a navegar un misterio hermoso, con una voz que es como un bramido o la espuma que desaparece en la orilla. Repito, nada es casual, por eso en este articulo/sollozo se exponen los poemas de ese libro como una acción solidaria y como un llamado de atención a los que sentimos el Caribe hasta en los ojos y en la palma de los pies. Hay que hacer algo, porque por ejemplo, hoy Antigua y Barbuda está hasta la garganta de agua y el Primer Ministro de ese país decreta que la isla «No está apta para la vida» y uno se queda pensando en la Atlántida y en esas mujeres con aletas. Pero la gente es tan necia como Oscar López Rivera y sigue viviendo y mira a la tormenta buscándole la caída, el talón de Aquiles, como quien mira a un gigante tuerto.
Al final, el ojo del huracán observa las tristezas del mundo y llora ¡Y es tan terrible el llanto que lo único que provoca es llanto! ¡Entonces, que vengan las madres del mundo a calmar este dolor, que vengan las mujeres y los hombres a secar la tierra que se ahoga!
Ellas
Las mujeres alzaran a Haití
a la dignidad
con la que llevan en la cabeza un cántaro;
la que cocina con el fuego de sus despojos;
la anciana que pasa
azulando la tarde
en su caballo;
la que pide perdón por vender sólo una guanábana;
la que lava la ropa de sus difuntos en el río
hasta dejarla sin pasado.
Y también esas dos niñas
que bailan porque sí
en la carretera
y resucitan la república
como a un campo despertándose
por los pasos de un pájaro.
Las mujeres cicatrizarán la tierra
la alumbraran de nuevo
con los medanales de su clemencia
con las lunas en pena
que tienen dentro.
A ver si el terremoto
puede más que su quebranto.
El resto lo harán los hombres.
Lo de ojos corajudos.
Silencioso
el machete
y el grito,
desenvainado
POR DAVID GÓMEZ RODRÍGUEZ
CiudadBqto ¡Na' Guará!