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LARENSES INSPIRADOS ESCRIBEN AL «BOLÍVAR DE CARNE Y HUESO»

Para el equipo de Ciudad Bqto es un placer publicar los escritos que recibimos de nuestro pueblo.

En esta oportunidad les presentamos este trabajo de Gustavo Antonio Rosendo Orozco, el poeta de La Vega.

Aunque Bolívar era más hueso que carnes, dada su delgadez y su baja estatura, me atreveré a acercarme a él desde una óptica muy personal, sin señirme rigurosamente a fechas, lugares ni personas. Pero respentando profundanente su memoria, su genio y su legado.
El Bolívar mantuano. Ya al nacer viene rodeado de privilegios e impregnado de deberes, prejuicios, dogmas y comportamientos que eran la estirpe de una familia de su abolengo.
A las mujeres de su familia se les permitía entrar a misa con la cabeza y los hombros cubiertos por un manto de tela, de allí el término mantuano (con la Iglesia hemos tropezado, diría El Quijote) Los hombres en cambio, llevaban sobre sus cabezas el legado de ser hijos de españoles nacidos en América, lo que les confería un status quo bien particular. Imagínense a aquél niño, espontáneo, ingenuo e inocente, contraviniendo la norma de no juntarse con esclavos negritos de su misma edad, cuando ambos habían libano leche de un mismo seno, es decir, eran sus hermanos de leche. Quizá fue entre en ellos que aprendió el valor sagrado de la libertad.
Pues en aquellas haciendas de su familia podía jugar con sus hermanos negros, sin diferenciarlos siquiera, por el tono oscuro de su epidermis, entre ellos aprendió a ser competitivo, audaz, irreverente.
El Bolívar huérfano. A temprana edad mueren sus padres, justo en la edad en la que echan su cimiento los principios y los valores, allí rodeado de esclavos y sirvintes, su vida es un carrusel de emociones. Cada vez es llevado del campo a la ciudad, ida y vuelta, que ya ni sabe a dónde pertenece, quizá nace allí su sentimiento de hombre universal que no se ata a ningún lugar.
Simoncito o el niñito Don Simón. De seguro, era más querido por el entorno de los sirvientes que el de su propia familia, en el mundo de los negros se le quería con compasión, en el mundo de los blancos era una carga incómoda.
Muchos fueron los intentos de sus albaceas por librarse de él. Hasta que apareció aquél tocayo suyo, de quien se decía era hijo de un cura, que era una mácula, que lo hacía más huérfano que nadie, pero que le daba la potestad de tomar a aquél párvulo cómo su tubo de ensayo.
En él vació sus ideas Robinsonianas, con él también aprendió, porque los niños serán por siempre los eternos maestros. Aquella dupla sería la responsable de una gesta heroíca. El viejo siempre de guía como el faro de los puertos, el niño, una balza a la deriva en el oceano, que ve en el faro la salvación, su norte a seguir.
Don Simón. Con el peso de aquel epíteto sobre sus hombros, el joven aristócrata se movía a placer sobre la escena social caraqueña, en él se combinaban; el bailarín de lujo, el hombre culto, el verbo refinado y aquella pose irreverente que lo hacia ver más alto de lo que en realidad era.
Su prima Fanny lo conoció en aquél tiempo, allí nació un amor socialmente prohibido, siempre llevado al borde de la cornisa, preñado de encuentros furtivos, de frases entrecortadas o de dobles sentidos.
A lo mejor el impulso de alejarse de aquella pasión prohibida lo llevo a la España de sus ancestros, donde conoció del amor sin restricciones. De allá regresó con una linda, pero frágil dama a quién no le hizo tempero éste extraño mundo, recién usurpado por la corona hispana.
Su corto matrimonio, su amor inconcluso, sus contradictorias emociones lo regresaría a Europa a vivir sus instantes de vida libre, pero con el dolor a cuestas.
Allí se encontró de nuevo con su maestro, aquél pobre viejo loco adelantado a su época, siempre metiéndole ideas nuevas en la cabeza, como si él fuera aún su tubo de ensayo, siempre dispuesto a recibir sus mezclas, acrisolando sueños.
Con aquél soñador pegado cómo la hiedra, hasta sacarlo de sus casillas y de su pasión por las fiestas subiría una mañana a la empinada colina del Monte Sacro, desde allí se contemplaba la ciudad en todo su esplendor, y juró, como juran los posesos, que tomaría la espada hasta cubrir la América con su manto de libertad.
Bolívar el Libertador. Saldría de Europa curtido y convencido de que América se merecía una mejor suerte y que consagraría sus bienes y su vida a la causa libertaria, pues, trescientos años de calma ya no le eran suficientes.
Se convirtió en un estratega militar, un luchador incansable, con la espada y la palabra emprendió la tarea más grande y noble jamás intentada, la de luchar y vencer al más grande de los ejércitos y a la mejor fuerza marina de la epoca. No fueron pocos los tropiezos, pero su temple y su magnetismo le permitieron salir airoso, aún en las más adversas circunstancias.
En esos andares, muchos fueron también los amoríos, quizá quedó por allí, algún hijo desconocido cuya identidad era necesario callar para proteger los daños a la honra de terceros y para no comprometer el amor a su patria con el amor a una familia.
Ya cubierto por los laureles de la gloria recibiría en su pecho aquella corona de flores que le lanzó Manuela desde un balcón, aquella quiteña que contra toda norma, se entregó a él en cuerpo y alma. Siendo rechazada donde quiera que iba, pero tratada con la hipocresía que rodeaba aquel mundo de intrigas.
Ella fue más que su amante; su compañera en los aciagos días de las traiciones, su espía particular, su conversa de amiga, su arrebato de pasión y de locura, su enfermera particular, su sexualidad correspondida. Su Libertadora cómo la llamó, desde aquél septiembre en el que ella lo libró de una muerte segura.
Un genio tan inmenso cómo aquél, no se libró de las intrigas y las traiciones. Pero su magnetismo era tal, que amigos y enemigos reconocieron, que bastaban su presencia, su voz y sus argumentos para desarmar los mas intrincados y perversos pensamientos.
Fue tan grande su benevolencia que le alcanzó para perdonar hasta al más vil de sus adversarios políticos, perdonándoles incluso, la vida misma. Sobran los ejemplos.
Tanta fue su capacidad de perdonar, que aún en su austero lecho de muerte les perdonó de nuevo, para que no quedara dudas de que partía de éste mundo sin lastre alguno y con el amor a su patria llevado a la máxima expresión.
Ése es el Bolívar de carne y hueso que hoy día de su natalicio les quise hacer recordar, para los que tengamos el valor de seguir su ejemplo no nos amilanemos y recordemos que el se llamó a sí mismo como «El hombre de las dificultades»
Volvamos nuestros ojos a su gesta, leamos sus escritos, empapémonos de su espíritu, dejándonos guiar por sus palabras. Pues cómo bien lo dijo aquél cubano universal «Lo que Bolívar dejó por hacer en nuestramerica, no se ha hecho todavía»

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One comment

  1. José A. Vásquez

    Excelente escrito, como ya nos tiene acostumbrado el poeta de la vega. Una buena lectura: amena, informativa.
    Felicitaciones a Ciudad BQTO por ese escrito, del ing Gustavo Rosendo.

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