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Ecuador se unen para salvar al Mono Capuchino y a la Pava del Chocó, especies en riesgo de extinción

Este mono es curioso, se mueve mucho y muy rápido: dicen que es difícil de encontrar. Le encantan las uvas de monte y, por eso, en la época seca llega hasta este bosque, justo cuando los frutos comienzan a brotar. La pava es todo lo contrario: su estrategia es pasar desapercibida. Es silenciosa y, si detecta a alguien cerca, se queda quieta, a ras de suelo, para evitar que la vean.

Son animales completamente diferentes, pero comparten una historia: han sido cazados, su hábitat ha sido deforestado y ahora ambos están en peligro de extinción. El mono capuchino ecuatoriano (Cebus aequatorialis) y la pava del Chocó (Penelope ortoni) se encuentran bajo amenaza en Ecuador y en Peligro Crítico y En Peligro, según la Lista Roja de especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Tienen otra cosa en común: habitan —pese a todo— en los bosques del Chocó Andino, una zona megadiversa de la provincia de Pichincha, en el centronorte de Ecuador, que fue establecida por la Unesco como Reserva de la Biósfera, en 2018.

Aunque el mono ha sido visto incluso hasta en el norte de Perú y la pava llega hasta el Chocó colombiano, estas dos especies se han convertido en un emblema para las comunidades del Chocó Andino. Son hoy un símbolo de su trabajo por la conservación.

En conjunto con organizaciones ecologistas, gobiernos locales y asociaciones de jóvenes y mujeres, se comenzó a formar en 2012 el corredor ecológico Mindo-Pachijal-Mashpi, que ahora protege el hábitat de estos dos animales y busca evitar su desaparición. En los últimos 10 años, ese corredor creció 10 400 hectáreas, llegando actualmente a 33 100, lo que representa más del 11.5 % del área de la Reserva de la Biósfera, que tiene 287 000 hectáreas.

A pesar de que el corredor no ha sido reconocido oficialmente por el Ministerio de Ambiente, incluye dos grandes zonas de protección reconocidas a nivel municipal: el área de conservación y uso sustentable (ACUS) Pachijal y el ACUS Mindo-Pachijal. ¿El objetivo? Conservar y restaurar los ecosistemas de esta zona para que el mono y la pava puedan seguir viviendo en ella y sus poblaciones aumenten.

Existen resultados tangibles: en este tiempo se han reforestado 8000 hectáreas de bosque con especies nativas, 1500 sólo en los últimos dos años, para favorecer la alimentación de ambos animales. Además, uno de los componentes del programa es la intervención en fincas privadas de la zona, mejorando las prácticas agroecológicas para garantizar la regeneración del ecosistema. Hasta el momento se han intervenido cerca de 500 fincas.

Esto, según un reporte presentado por las fundaciones participantes, representa para ambas especies un incremento significativo en su hábitat, con mayores espacios de reproducción y nichos de alimentación. Además, mejora la provisión de agua, tanto para las comunidades como para la fauna.

Hasta antes de este corredor, por ejemplo, el mono capuchino había desaparecido de la zona y a la pava se la veía en grupos pequeños y en zonas muy específicas. Y, quizá, la mejor señal de regeneración es que desde hace dos años, los monos han regresado y ya se los ve comiendo sus uvas de monte y moviéndose rápido por los bosques, especialmente en la temporada seca, entre junio y septiembre, cuando en las partes altas del Chocó comienza a escasear el agua.

“Hay gente que ha hecho turismo comunitario hacia las cascadas y se ha encontrado tropas de monos —dice el ecólogo Alejandro Solano—. Grupos pequeños, no son megatropas, pero son los grupos que tenemos y con los que se está, poco a poco, recuperando la población. Entre tres y seis monos por cada avistamiento”.

Él conoce bien a estas dos especies porque lleva mucho tiempo estudiándolas. “El mono es café claro y la cara es un poco más oscura hacia las cejas. Es pequeño —dice—. La pava tiene una dificultad y es que hay dos especies que conviven en el mismo lugar y se parecen mucho; entonces, si no tienes una buena familiarización con la una o con la otra, las puedes confundir fácilmente”.

Solano tiene 44 años y vive desde hace 16 en Mashpi, una de las comunidades dentro del corredor. Junto a su familia construyó Mashpi Shungo, una reserva en la que hacen conservación y restauración ecológica con fines productivos. Shungo en kichwa significa corazón.

El trabajo en las comunidades
En la zona del corredor ecológico Mindo-Pachijal-Mashpi se encuentra el ecosistema Chocó-Magdalena, que viene desde Colombia, con el ecosistema de los Andes Tropicales. Esta confluencia se expande a través del distrito metropolitano de Quito y los cantones de San Miguel de los Bancos y Pedro Vicente Maldonado. Las comunidades, como una búsqueda de identidad, comenzaron a llamar a la zona “el Chocó Andino”.

La región contiene seis tipos diferentes de bosques, distribuidos entre los 200 y los 4200 metros sobre el nivel del mar. La casa de Inty Arcos, biólogo, morador del barrio Miraflores —en Quito— e impulsor del corredor tiene vista profunda hacia la cara posterior del volcán Pichincha; y del otro lado está la ‘Loma de los osos’, una montaña nombrada así porque estaba llena de osos de anteojos antes de que se construyera una carretera. “Ahora los osos sólo llegan hasta el otro lado [de la vía]”, dice Arcos, de 47 años y quien ha vivido aquí, junto a su familia, desde 1983.

La Reserva de la Biosfera del Chocó Andino (dentro de la que se encuentra el corredor ecológico) tiene ocho áreas núcleo, pero las principales son las de Mindo-Nambillo (con 60 000 hectáreas) y Mashpi (con 6000). Arcos asegura que en la zona existen entre 600 y 700 especies de aves, 100 de mamíferos, 140 de anfibios y 40 de reptiles.

“Se trabaja para conectar las dos zonas y lograr que los osos de anteojos, los pumas, y ojalá algún día el jaguar, vuelvan a caminar y a usar este gran corredor”, agrega Arcos, vestido con botas de caucho, chaqueta y pantalón de trabajo.

Arcos es líder de proyectos de conservación en las fundaciones Imaymana y Condesan. Una de sus principales labores ha sido la intervención en fincas, tanto ganaderas como agrícolas: lograr que conserven bosque y que adquieran prácticas agroecológicas. “Con la comunidad trabajamos el tema de turismo, la regeneración, planes de vida. Y con los finqueros entramos para hacer el ‘plan de finca’”.

Hacer el plan de finca significa preguntarle al propietario qué tiene y qué quisiera mejorar, luego hacer un mapeo de la propiedad y después llegar a una negociación. Arcos lo explica con un ejemplo: “Una señora me dice: ‘Tengo 20 vacas y cinco gallinas’. Se le pregunta: ‘Pero, ¿de qué vive usted?’. Le pones a pensar. Y, cuando sacamos cuentas, resulta que su negocio son los huevos y no las vacas. A la señora le vamos a ayudar con un gallinero, pero ¿qué nos da a nosotros? Un bosque al lado del río para que lo podamos reforestar. Entonces, firmamos un acuerdo”.

En la zona del corredor, las fincas son principalmente ganaderas, avícolas y agrícolas. Dependiendo de su tipo de negocio, las personas reciben arreglos en sus establos, alambrado y cercado eléctrico, viveros y programas de reducción de potreros (para que se haga mejor uso de la pastura). A cambio, van entregando espacios que se destinan a la restauración ecológica.

Hacen dos tipos de restauración: pasiva y activa. La pasiva consiste en proteger un bosque para evitar que sea talado, dejando que la naturaleza haga lo suyo. Activa significa tomar acciones y “ayudarle” a la naturaleza con la reforestación.

¿Por qué escogieron al mono capuchino y a la pava del Chocó para enfocar este esfuerzo? “Son especies en la punta de las cadenas tróficas —responde Arcos—, pueden ser tomadas como sombrillas. Si es que ellas pueden coexistir, todo lo demás puede habitar esos ecosistemas. El mono y la pava se vuelven especies simbólicas, aunque hay otras especies que también están en riesgo, como las ranas de cristal, el pájaro yumbo o el tucán andino”.

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