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La liberalización y privatización de la economía no hizo al mundo más rico sino todo lo contrario

En el mundo existen debates económicos que sin ser necesariamente de izquierda, tampoco repiten a pie juntillas el credo neoclásico y monetarista (que se ha apoderado, incluso, de buena parte de la izquierda), lo que hace pensar que es posible que exista un más allá del “realismo” ingenuo disfrazado hoy de “ciencia económica”. Y buena parte de esos debates pasa por cuestionarse lugares comunes asumidos como verdades más allá de que no existan datos fiables que los respalden. Una de esas “verdades” reza que la liberalización de la economía y el repliegue de los Estados se traduce en mayor productividad. Sin embargo, como demuestra Chris Dillow en el siguiente artículo, al menos para el caso inglés (nada menos que el país donde se inventó el capitalismo moderno) eso es tan cierto como que el sol sale por el oeste y se pone por el oriente. Extraído del portal Evonomics y traducido para 15 y Último por Ana Maneiro Brumlik, compartimos el siguiente trabajo que nos parece de mucha utilidad

Cómo el neoliberalismo contribuyó a la desaceleración de la productividad

Chris Edwards del Instituto CATO afirma que las privatizaciones iniciadas por Thatcher “transformaron la economía británica” e impulsaron la productividad. Esto plantea una paradoja subestimada.

El asunto es  que las privatizaciones que debieron aumentar la productividad, según (lo que llamaré vagamente) la ideología neoliberal, no es lo único que ocurrió desde los años ochenta. Los sindicatos se han debilitado, lo que debería haber reducido las “prácticas restrictivas”. Los gerentes están mejor pagados, lo que debió de haber atraído a gerentes más hábiles y también los debió de haber incentivado a incrementar la productividad. Y la mano de obra tiene más “capital humano”: desde mediados de los años 80, la proporción de trabajadores con un título se ha cuadruplicado del 8% a un tercio.

La ideología neoliberal, acorde a esas premisas, predice que el incremento de la productividad debió haberse acelerado. Pero no lo ha hecho. De hecho, como observamos en la gráfica anterior, datos del Banco de Inglaterra muestran que el incremento de la productividad, promediado en el transcurso de 20 años, ha tenido una tendencia a la baja desde los años setenta.

¿Por qué?

Podría ser que las reformas neoliberales le hayan dado un impulso de larga duración a la productividad. Como dice Dietz Vollrath, las economías suelen ser lentas para responder a un aumento potencial de la producción. Ahora, de ser ese el caso, tendrían que haber aparecido los datos sobre el crecimiento en un período de 20 años luego de aplicadas las reformas. Pero no fue así.

Otra posibilidad es que los efectos del neoliberalismo en el incremento de la productividad han sido sobrepasados por las fuerzas del estancamiento secular: la escasez de innovaciones y de proyectos rentables de inversión.

Pero hay otra posibilidad: el neoliberalismo ha contribuido, de hecho, a la desaceleración de la productividad.

Estoy pensando en tres maneras diferentes en las que esto puede ser posible.

Una funciona por medio de la política macroeconómica. En los estrechos mercados laborales, del tipo que tuvimos en los años posteriores a la guerra, los empleadores tenían un incentivo para aumentar la productividad porque no podían responder tan fácilmente a suprimir los salarios para aumentar los beneficios. Además, la confianza en que la demanda agregada se mantendría elevada, alentó a las empresas a invertir y, por tanto, aumentar las relaciones de proporción capital-trabajo. En los años de la posdemocracia social, estos estímulos a la productividad han sido más débiles.

Otro mecanismo es que la desigualdad puede reducir la productividad. Por ejemplo, genera desconfianza que deprime el crecimiento, empeorando la calidad de la política; exacerbando los problemas de “mercados de limones”; y por desviar recursos hacia mano de obra de baja productividad.

Un tercer mecanismo es que la gerencia neoliberal misma puede reducir la productividad. Hay varias vías aquí:

• Una buena gerencia puede ser mala para la inversión y la innovación. William Nordhaus ha demostrado que las ganancias de la innovación son pequeñas. Y Charles Lee y Salman Arif han demostrado que el gasto de capital, a menudo, está motivado por el sentimiento en lugar de una evaluación pensada en frío, con el resultado de que, a menudo, conduce a la caída de las ganancias. Podemos interpretar las desaceleraciones en la innovación y la inversión como evidencia de que los jefes se han dado cuenta de estos hechos. Además, un énfasis en la rentabilidad (costo-efectividad), la rutina y las mejores prácticas, pueden negar a los empleados el espacio y el tiempo para experimentar e innovar. De cualquier manera, el punto de Joseph Schumpeter parece válido: el crecimiento capitalista requiere un espíritu bucanero que es destruido por la burocracia racional.

• Como Jeffrey Nielsen ha argumentado, las organizaciones “basadas en el rango” pueden desmotivar a un personal más joven, que espera que se le diga qué hacer en lugar de usar su iniciativa.

• Los incentivos de alta potencia ofrecidos a los jefes pueden ser contraproducentes. Pueden incentivar la búsqueda de rentas (ingresos), la “política de oficina” y el buscar escalar para el cargo superior, en lugar de seguir adelante con su trabajo. Pueden “extirpar” motivaciones intrínsecas como el orgullo profesional. Y pueden desviar a los gerentes hacia tareas que son fácilmente monitoreadas, en lugar de aquellas que son importantes para una organización, pero más difíciles de evaluar: por ejemplo, la reducción de costos puede monitorearse e incentivarse, pero mantener una cultura corporativa saludable es más difícil de evaluar, y por lo tanto, puede ser descuidada por esquemas “crudos” de incentivos.

• Empoderar a la gerencia puede incrementar la oposición al cambio. Como han demostrado McAfee y Brynjolfsson, cosechar los beneficios de los cambios técnicos requiere, a menudo, un cambio organizacional. Pero los jefes bien pagados tienen pocas razones para querer “sacudir el barco” emprendiendo ese cambio. El resultado es que estamos atrapados en lo que van Ark llama la “fase de instalación” de la economía digital, en lugar de la fase de despliegue. Como Joel Mokyr ha dicho, las fuerzas del conservadurismo eventualmente suprimen la creatividad técnica.

Todo esto es consistente con el gran hecho de que el crecimiento de la productividad agregada ha sido menor en la era neoliberal que en el apogeo 1945-73 de la socialdemocracia.

Admito que esto es solo sugerente y que podría haber otra posibilidad: que el fuerte crecimiento de la productividad en el período de posguerra fue una aberración causada por las empresas que se ponían al día y aprovechaban las innovaciones anteriores a la guerra. Esto, sin embargo, todavía nos deja con la posibilidad de que el lento crecimiento es una característica del capitalismo normal.

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